martes, mayo 22, 2012

Televisiones y espejos

Todos vemos televisión, incluso los pretenciosos que aseguran ni siquiera saber quién es equis o ye estrella de Televisa. Lo que naturalmente varía son los hábitos televisivos y qué tristes las casas con una televisión en el comedor. En vez de escucharse unos a otros, escuchan y ven a los lopezdórigas o las patichapois. ¿Es que no pueden lidiar unos con otros por treinta minutos?

Conocí el exagerado caso de una familia que solo tenía un televisor. En la casa había algunas carencias, pero la pantalla era moderna e inmensa. El aparato estaba colocado en el consabido cuarto de la tele y en la esquina del mismo cuarto había un espejo de cuerpo entero, orientado de manera que la familia podía ver la pantalla desde la mesa donde comía.

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viernes, mayo 11, 2012

Agendas y nombres

Hasta hace unos años, los contactos en la agenda de mi teléfono móvil solían conformarse por el nombre propio —o mote— del amigo y el nombre de la banda en la que tocaba a manera de apellido. José Luis, el cantante de Gela, aparecía en mi aparato como “Shell Gela” y David, el de Nenitah, como “Da'Beat Nenitah”. “Óscar The Mueres”, “Israel Maravilla” y “Meme Roi.” eran otros.

Ahora el sistema tiene un formato similar, pero el fondo es radicalmente opuesto. Algunos de los nuevos contactos de mi agenda son “Mayra, la mamá de Nicolás” y “José, el papá de Ana Victoria”.

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martes, mayo 08, 2012

Máquinas y mensajes

La máquina de refrescos que está en el sótano del edificio donde trabajo tenía pegada una hoja de papel que decía “No tengo cambio”. El cajero automático al que regularmente acudo tenía un letrero que decía “Estoy fuera de servicio”. El caballito mecánico afuera del súper ostentaba también su hoja con “No me uses si no depositas tu moneda”.

¿Cómo es que estas cosas aprendieron a escribir mensajes para pegárselos encima? ¿Qué más podrían comunicarnos? ¿Por qué tienen tan mala ortografía?

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sábado, mayo 05, 2012

Lobos y niñas

Era un cachorro hembra de humano. Nunca antes había visto uno, pero mi padre y los lobos viejos de mi manada original me habían contado de ellos. Parecía moverse lo más rápido que podía, lo cual era bastante lento. Lo más extraño era su trayectoria: seguía una línea claramente marcada en el terreno, libre de matorrales y árboles. Cualquiera que la acechara podría pronosticar con certeza sus siguientes pasos.

Fragmento del relato El buen lobo, que espero publicar algún día.  



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martes, abril 24, 2012

Peatones y zancadas

Teniendo los pasos peatonales más respetados de la República Mexicana, pasa que me encuentro con personas que se lanzan a atravesar la calle por donde no deberían o cuando no deberían. Sacan la cabeza entre los autos estacionados al lado de la calle, asoman luego todo el torso y, calculando la distancia a la que están los autos que se acercan, se lanzan a la calle con inmensa zancada. Sucede aquí lo extraño: tras dar cuatro o cinco saltos enormes —que juntos se convierten en un correr— y cuando el auto está más cerca... ¡aminoran la marcha! Es como si el peatón hubiese ganado una competencia de colocarse primero en la calle, dejando al conductor sin nada más qué hacer sino esperar a que termine de cruzar.

Por otra parte, no hay caso de peatones más ridículo que las muchachitas aquellas que, con el uniforme de la preparatoria, corren de esquina a esquina dando de gritos y carcajadas.

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sábado, abril 21, 2012

Trazos y nombres

Cumplí los dieciocho años y llegó el momento de tramitar mi carné de identidad. Por meses había ensayado la que sería mi rúbrica: las letras ge, eme y pe —mis iniciales— estilizadas en una especie de ola, subrayadas las tres por una larga línea horizontal. Así la plasmé en el documento y en todos los que a partir de entonces tuve que firmar.

Un par de años después, una Érika que conocía me firmó un papel y me gustó como el centro y solo el centro de su rúbrica quedaba encerrado en un círculo. Educada y éticamente le pregunté si podía adoptar el recurso y me dijo que sí. Para entonces, mis tres letras ya apenas se separaban, formando una gorda línea vertical atravesada por la raya del subrayado, en una suerte de cruz que, ahora con el círculo, recordaba a la mira telescópica de un rifle.

Pasaron otros pocos años y, en la escuela de psicología, aprendí que uno de los rasgos de la esquizofrenia es la presencia de trazos repetitivos en la firma. Me pareció divertido agregar a la mía tres puntos, pensando que algún día un psicólogo clínico podría verla y creerme esquizofrénico. No ha pasado, pero seguido me preguntan si soy masón.

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martes, abril 17, 2012

Mayúsculas y caligrafía

Como muchos otros de mi generación, pasé por aulas escolares que tenían al frente maestras que me enseñaron —muy erróneamente— que, sin importar qué palabra fuera, las letras mayúsculas no se tildaban. En quinto de primaria, al ser eximidos de dibujar las letras siguiendo moldes de palitos y circulitos, comencé a escribir con puras mayúsculas. Buscaba, por inverosímil que lo encuentren, evitar el uso de las tildes.

En la escuela secundaria desarrollé cierto gusto por las características distintivas de las cosas. Así, comencé a apreciar la tilde de mi segundo apellido: Pérez. Incluso deseé que mi nombre y primer apellido tuvieran tildes también. Pero no: solo el Pérez la llevaba y por años yo la había omitido.

Eventualmente me convertí en un entusiaste de la correcta escritura; pero una marca quedó tatuada para siempre en mi caligrafía, recordándome mi vergonzoso pasado: hasta hoy, cuando escribo a mano lo hago en mayúsculas, en una suerte de tipografía en versalitas. Aunque eso sí, procuro incluir todas las tildes donde van.

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sábado, abril 14, 2012

Sillas y tiempos

Nada dura más que la caída de una silla. Vemos la silla y, con la confianza de que nos recibirá, le damos la espalda antes de sentarnos en ella. Bajamos la posaderas y, al tocarlas contra la silla, algo pasa. Hasta aquí, el tiempo había transcurrido normalmente, como siempre corre, como lo indican los relojes y de manera en que a todos nos parece igual e inalterable. Nos damos cuenta de que el movimiento hacia abajo no se detuvo al llegar a la silla y el tiempo se pone en cámara lenta. Volteamos a todos lados en busca de la razón de esto: la silla sí está abajo de nosotros, no está a los lados ni muy atrás. Entonces, ¿por qué caemos? Es la silla: debe haber tenido una pata lastimada y, con nuestro peso, cedió y ahora va hacia el suelo, junto con nosotros. Caemos, entonces. Demonios. Antes de pensar en la estrategia para protegernos del golpe físico, aseguramos primero la defensa contra el golpe social: ¿hay alguien viéndonos? ¿Habrá sido muy obvio que la silla caería y hemos sido idiotas al sentarnos en ella? Revisamos la habitación y no, no hay nadie. Solo la televisión parece mirarnos, pero bien sabemos que somos nosotros los que la miramos a ella. ¿Qué hacer para no golpearnos? ¿Hay algo de lo que podamos sujetarnos? El único objeto a la mano es, para mala la cosa, la silla. Pero la silla cae y de nada serviría asirnos de ella. Ahora que hemos reparado en nuestras manos, qué ridículos nos vemos agitándolas en el aire, como si de algo fuera a servirnos moverlas como pájaro. Decidimos que lo mejor es ponerlas hacia abajo, como parachoques, pero con los brazos levemente flexionados para amortiguar mejor el golpe y no absorberlo totalmente en las muñecas y codos. Caemos en cuenta que la silla cae debajo de nosotros, ¿iremos a caer encima de ella? De ser así, la silla dejaría de ser un cómodo asiento y se convertiría en una hiriente trampa. Pero no... la silla está un poco atrás de nosotros: nos daremos contra el suelo y no contra ella. Mejor, porque el suelo es más predecible en su comportamiento. Finalmente terminamos de caer. Tenemos las palmas de las manos enrojecidas, la muñeca derecha entumecida y el trasero sucio. Apenas un segundo después y el tiempo ha vuelto a su velocidad normal.

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